miércoles, 8 de febrero de 2012

Monarquía electiva

Así como se ha dicho, no con gracejo, sino con exactitud, que eran unas repúblicas coronadas las llamadas monarquías constitucionales, ya que no gobierna en ellas uno el rey y eso quiere decir mono uno archía gobierno, sino que gobiernan los partidos; así puede decirse que los Estados Unidos de Norteamérica tienen monarquía electiva, por las facultades personales que su constitución establece para el presidente. La elección es cada varios años por sí sola, con sus derroches, sus maniobras, la paralización que impone, bastante para explicar los muchos y graves inconvenientes que la realidad acredita en aquel país.

De todas las fórmulas posibles de monarquía electiva, con ser todas imperfectas, la dictadura es la menos perfecta y regular; por su anormalidad originaria, por su fatal carácter precario, porque tiene que buscarse una base de apoyo aun después de triunfar.

La historia presenta a la monarquía electiva en las épocas de crisis civil, de iniciaciones civilizadoras. En todas partes ha producido los mismos efectos; tales turbulencias cada sucesión, y tales asechanzas, intentonas y crímenes amenazando de continuo la existencia de cada reinado, que se reproduce la vida selvática. [...]

"Se reproduce la vida selvática"

Hasta sería probable que pensasen en un principio de la sucesión hereditaria muchos pueblos, lo que se piensa ahora: «¿Y si el sucesor es imbécil?» La experiencia les hizo comprender que eligiendo sólo se obtiene lo peor. En las democracias modernas, las elecciones de presidentes se hacen por fórmulas que en el argot de toda esa comedia se llaman de segundo grado; es decir, que el pueblo en general elige primero a los senadores, diputados y otras categorías, y éstos, más capacitados el pueblo soberano es idiota, según dicen bien claro sus soberanos verdaderos, gente de otra condición es la que elige a los presidentes. Y ya se sabe, si los candidatos son un hombre despejado y otro poco inteligente, el despejado inspira sobresaltos y recelos, y sale el otro triunfante como si fuera de seda [...].

"¿Uno nada más?"
Se suele comentar: «¡Un don Pedro el Cruel…!» Prescindamos de entretenernos en exámenes críticos del personaje y contestemos: «¿Un don Pedro el Cruel? ¿Uno nada más…? Pues, ¿cuántos más crueles no han proporcionado once meses de la primera república española y poco más de cinco años de la segunda?» [...]

Para que no haya objeción que no esté múltiplemente contestada por la realidad, saquemos otra de las inculpaciones revolucionarias a la sucesión hereditaria de la monarquía española: Carlos II.

Lo peor suyo fue el físico. Por lo demás, don Carlos II fue inteligente, concienzudo e independiente en el cumplimiento de su deber, como lo prueban sus testamentos designando sucesor con tanto acierto y justicia, el primero, al elector de Baviera José Fernando, que la conspiración de las ambiciones contra España obtuvo la feliz coincidencia de unas viruelas para matarle, apenas designado, y en el segundo a Anjou, cuando no había ya mejor solución, aunque las inclinaciones personales de don Carlos tuviesen que sentir mucha repugnancia. El patriotismo de su hogar era tanto, que el día que llegó la noticia a él de un nuevo concierto secreto entre Francia, Holanda y otros países para repartirse la monarquía española a la muerte de Carlos, la reina, en la descompostura de su indignación, llegó a romper los muebles. Cuántos elegidos por segundo grado se llevan todo lo que pueden de la Patria para venderlo a los extranjeros



Y repárese que para alegar contra las sucesiones hereditarias existen muchos siglos donde escoger y todos los ejemplos contrarios a la elección aducidos son de sólo un puñado de años, del siglo XX…

Hoy, como ayer, las elecciones son impolíticas: son el retorno a la vida selvática. [...] En Atenas y Roma subía un tanto por ciento fabuloso el interés del dinero cuando había elecciones, porque el numerario se agotaba para comprar votos. Las elecciones inglesas y norteamericanas han derrochado sumas fabulosas. En todas partes igual; en todos los tiempos lo mismo. De la banda electorera de matones que capitaneaba Clodio en la Roma anterior a Cristo, a la juventud socialista madrileña de 1936, no hay diferencia intrínseca. De las elecciones que se preparaba César a las de todo el siglo XIX español, entre los políticos de turno, no existe otra matización que la de unos a otros hombres. Al que se adula es que se le quiere engañar o explotar de alguna manera. En las democracias se adula a todos, asegurándoles que son la soberana sabiduría, que sus opiniones en mayoría constituyen la voluntad nacional, que esa voluntad es infalible. Para que no haya reyes. Para que haya elecciones, río revuelto donde sólo ganan los pescadores. Los que aspiran, cada uno de por sí, a ver de procurarse alguna corona de reyezuelos o apropiarse alguna triza de la corona real."

―Luis Hernando de Larramendi: Cristiandad, Tradición, Realeza (escrito en 1937)

2. Monarquía electiva
3. El Rey

NOTA de Firmus et Rusticus: Esta referencia a los EEUU como una monarquía electiva (en lo que se puede profundizar con esta serie de tres artículos de John Médaille) puede llevar a cierta confusión si se lee aisladamente, sin tener en cuenta el libro en su conjunto. Se podría malinterpretar como una apología de las democracias presidencialistas como una versión más aceptable de las parlamentarias, entendiendo que el sistema de elección no hereditario del presidente es lo único que las diferencia de las monarquías. No obstante, sin pretender conocer el pensamiento del autor, precisamos con dos opiniones propias:

1. El gobierno personal y la sucesión hereditaria no son suficientes, aunque sí necesarios, para que haya una monarquía tradicional. Las democracias modernas, aparte de apoyarse en doctrinas falsas sobre el hombre y regirse en la práctica por principios ideológicos dañosos algo que nunca está de más recordar, para no acabar buscando soluciones a los problemas políticos a través de formalismos que olvidan el contenido, también tienen una concepción del poder político (del Estado, absoluto y soberano) completamente ajena a la política cristiana, e incompatible con una monarquía.

2. Este libro se escribió en 1937, cuando el parlamentarismo en Europa atravesaba una gran crisis. Los sistemas parlamentarios de hoy (unos pocos partidos fuertes que se turnan de manera estable) tienen muy poco que ver con los de entonces (gobiernos inestables de coalición, formados por miembros de varios partidos, que se establecen y caen varias veces por legislatura, según varíen las alianzas de los muchos partidos). Antes eran más democráticos. La diferencia con EEUU entonces era más palpable, y en su presidente se evidenciaba el poder personal. Hoy, sin duda, en las democracias parlamentarias también existe un poder personal que permite cierta estabilidad ("el gobierno personal, por el solo hecho de ser personal, ya es posible"). Los fragmentos que se citan en esta entrada y la precedente aclaran que el poder personal no es de por sí suficiente para el buen gobierno, sin tener en cuenta el modo en que se adquiere y el título que lo legitima.

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