jueves, 3 de junio de 2010

Mitos de la modernidad: Democracia y falsa representación (I)



I. Introducción   

    El hecho de que la democracia se haya convertido en un “mito de la modernidad” es algo que no se le escapa a nadie. Incluso sus más fervientes defensores (defensores, quiero decir, de lo que ellos entienden por democracia) pueden observar el grado de mitificación que ha alcanzado cuando, hoy en día, se emplea la palabra como sinónimo de “bueno” o “justo”. Éste es un fenómeno que va más allá de ser una consigna política. Supone un cruce de cables semántico entre dos categorías que no tienen nada que ver. Supone otorgar un valor absoluto a una forma (lo que es democracia en la política, puede serlo por ejemplo el silogismo hipotético en la lógica) que de por sí no encierra ningún calificativo de valoración. Es decir, algo que es un medio o instrumento que puede desembocar en algo bueno (o no), se considera un fin en sí mismo, autosuficientemente bueno. Sabiendo que la lengua en gran medida da estructura a nuestro pensamiento, y comprendiendo que semejante aberración lingüística puede manipular la conducta política del hombre, el más valiente no puede sino temblar de pánico. Estamos ante un mito con proporciones de Leviatán.

    Pues entonces, ¿qué es la democracia? Definiciones las habrá en gran cantidad, no creo que sea el caso hacer un repertorio. El concepto formal de democracia, expuesto por autores como Antonio García Trevijano, implica la estricta separación de poderes y un sistema electoral representativo. Como en ningún país de nuestro entorno (europeo, y me temo que más lejos tampoco) existe una verdadera separación de poderes, descartémosla por el momento, y hagamos la presunción de que efectivamente existen democracias. Si no pongo la palabra entre comillas, es precisamente por lo elusiva que es una definición, por lo que no cito ninguna en particular. Más bien, para simplificar, me referiré a la democracia en su vertiente “mitológica”, aquella que aparece en cada discurso político, que pulula en nuestro día a día. ¿Cuál es el elemento definitorio más básico, sin el cual nadie se atrevería a decir que existe una democracia? La representación. ¿Quién ostenta la representación? El parlamento. ¿Cómo se configura? Mediante elecciones. 
 
    Pues bien, la democracia así entendida es incompatible con la verdadera representación. Y ahí radica su carácter mítico: el legítimo y connatural deseo del hombre de vivir en una comunidad política representativa ha llegado a la conclusión obstinada de que la democracia parlamentaria es una forma, la única forma, que lo consigue. Se podría, con intelecto e imaginación, demostrar que eso no es verdad, que se pueden inventar otras mejores. Pero no hace falta: la Historia lo prueba. Un sistema auténticamente representativo no es una utopía, o algo por inventar todavía. Es algo que ha existido en algunas sociedades (las Españas forales entre ellas), o al menos, éstas han ido tendiendo hacia su perfeccionamiento. Dentro del repertorio de sistemas políticos en los que el hombre puede vivir, conformarse con “el menos malo” (afirmación presuntuosa donde las haya, repetida hasta la saciedad por las huestes del statu quo) es inaceptable.

    ¿Por qué la democracia parlamentaria no es representativa? Porque el parlamento falla como tal en los dos niveles de su existencia: (1) en su relación con el Estado como órgano representativo que se integra en él, (2) y en su relación con el hombre, con la persona que dice representar.

    (1) Como órgano del Estado, como “poder legislativo”, desempeña funciones que son totalmente ajenas e incompatibles con la función de representación. La representación implica un contexto relacional: se representa a alguien frente a alguien, frente a un poder independiente. Cuando este poder es “el ejecutivo”, que precisamente proviene del “legislativo”, es manifiestamente imposible que haya representación entre dos entes que no son independientes el uno del otro. Ahí está la clave. Aunque sea un poder, digamos, extraño a mí el que tome las decisiones, al menos siempre tendré la garantía de estar representado frente a él. Si yo elijo al poder que toma la decisión, como hago con el parlamento, puede parecer que ahora la decisión la toma un órgano sobre el que yo puedo ejercer cierta influencia, votando a sus miembros. Sin embargo, al no existir el vículo del mandato imperativo (mediante el cual los electores trazan una hoja de ruta que delimita la actuación del elegido, de la cual éste no podrá excederse, constituyéndose así en verdadero portavoz de los intereses concretos de los electores), esto ocurre sólo en apariencia, pues desde el momento de la votación el órgano ya se "independiza" de mí. Que el órgano de poder sea independiente a la hora de tomar sus decisiones no es algo malo en absoluto, si no se estaría ante una situación de chantaje perpetuo. Sin embargo, la diferencia es que ahora, como es un órgano que se hace llamar representativo, claudico  a su favor cualquier oportunidad de ser representado, esta vez frente al parlamento. Así, pierdo esta fundamentalísima libertad. Por tanto, lo más "democrático" a lo que puede aspirar una democracia parlamentaria es tener cierta transparencia en sus decisiones; o sea, que los ciudadanos sean espectadores de lo que invariablemente viene desde arriba (a modo de ejemplo, ver el artículo 10, apartado 3º, del Tratado de la Unión Europea, que sentencia de una manera involuntariamente reveladora lo que realmente significa la participación ciudadana en el coloso de la democracia:

"Todo ciudadano tiene derecho a participar en la vida democrática de la Unión. Las decisiones serán tomadas de la forma más abierta y próxima posible a los ciudadanos")

    (2) En su segunda vertiente, en la relación del votante con el diputado, el parlamento falla en ser representativo de la sociedad al tomar en consideración al hombre individualizado, abstracto, desnaturalizado de todos los atributos y circunstancias que le configuran como persona. Es evidente que en la práctica actual el hombre no puede hacerse representar por un diputado, pues la figura del partido político se coloca de intermediario de tal manera que lo único que elige es un color, una tendencia ideológica (cada vez menos definida) que, quizá, en la esfera ideológica le representa, pero al fin y al cabo la ideología sólo supone una pequeña porción de la circunstancia vital del hombre, y, desde luego, la que menos le interesa que el Estado le consulte. Así, se olvida de hacerse oír como trabajador, como vecino, como miembro de una familia, bajo la ilusión de que todo lo engloba la tendencia política. Pero ni siquiera es posible la representación en la más depurada teoría liberal, sin modificaciones del constitucionalismo posterior (como las listas cerradas), pues no existe el mandato imperativo, que mantiene el vínculo entre el representado y el representante, y que garantiza que este último lleve a cabo las tareas que se le encomiendan.

    Estas dos vertientes requieren detallado análisis por separado, que será el objetivo de las siguientes entradas de este tipo.



5 comentarios:

  1. Muy bien. Quedamos a la espera de lo que venga.

    Un saludo.

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  2. No puedo asegurarlo, pero por el aspecto de la sala parece la del congreso de Madrid, y por la indumentaria yo diría que es posterior a la época de Cádiz. Si es esa la imagen a la que se refiere.

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  3. Me refería a la última.

    Un saludo

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  4. Ah, pues ni idea. Sabiduría popular española.

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